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28-06-2013

Abengoa. El último quijote

III Concurso relato corto. Pinceladas en verde

En un lugar del mundo cuyo nombre no puedo olvidar, no mucho tiempo ha que cabalgaba un caballero enjuto de rostro y de triste figura, en rocín flaco y seco de carnes. Junto a él su fiel escudero en terca mula, bajo y redondo de cuerpo, complexión recia pero alto de miras.

Iban caminando y comiendo muy despacio mientras se adentraban por una zona no hace mucho tiempo espesa de árboles. Después de haber comido y dado que no tenían agua, le dijo el escudero al caballero que aquel valle era antes conocido por sus manantiales y que por allí solía ser abundante el agua.

Y en tanto iban de aquella manera oyeron un gran estruendo similar a un gran salto de agua. El escudero sintió escalofríos porque además se empezaban a oír los golpes de unos hierros y cadenas que rítmicamente golpeaban la tierra y le rogaba al amo que se alejaran de aquel lugar, que el ocaso llegaría pronto y que ya irían a ver otro día. Le aseguraba que el que buscaba peligro perecía en él, que ahora nadie los veía y por lo tanto, si se marchaban de allí, nadie los tacharía de cobardes.

El caballero le contestó: Por la calle del ya voy, se va a la casa del nunca y ni las lágrimas ni los ruegos me han de detener de cumplir lo que como caballero tengo que hacer. Son mis leyes proteger la naturaleza y preservarla para futuras generaciones y no busco mi propia fortuna sino la de los hijos de mis hijos. ¿Es eso acaso, de tonto y mentecato?

El Escudero insistió: es tarde mi señor y pronto no vislumbraremos el camino.

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad, contestole el caballero. Y diciendo esto se adelantó cabalgando por medio del camino.

Al pronto llegaron a un prado desde el que vieron un gran torrente de agua que caía cerca de unas casas en ruinas. El agua pareciole oscura como el carbón, a la poca luz lo achacaba pero en llegando tan cerca que pudo tocarla, vio que era negra y viscosa como aceite rancio y aún olía peor. ¿Qué había pasado con el agua fresca y cristalina que antaño aquí daba vida y corazón? o yo me engaño o esta es la mayor afrenta a la naturaleza que se haya visto jamás y es menester deshacer este entuerto, usaré para ello todo lo que de mi aliento reste.

Volviose a mirar a su escudero y viole todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro. Aquel, cuando se vio observado, a la mula picó acercándose a su señor y en llegando a su lado díjole: durante miles de años, el hombre ha luchado para abrirse un lugar en la naturaleza y ahora acontece que es la naturaleza la que no tiene lugar en el mundo del hombre. Querido amigo, contestole el caballero, a lo lejos pareces de muy poca sal en la mollera pero en la cercanía se descubre que piensas como piensan los sabios y hablas como habla la gente sencilla. Aprestaos ahora a descansar que mañana encontraremos a quien esto hizo, gente endiablada que por mi mano recibirán justo castigo en respuesta a sus malas obras. Aquellos humos negros que allí a lo lejos parecen, deben ser, y son sin duda, viles criaturas, demonios encantadores de almas y conciencias. Tal es el riesgo de esta aventura que si mañana a acompañarme no te decidieras, falta en ello yo no viera.

Sepa vuestra merced que tentado estoy de seguir su consejo y más siendo como soy pacífico y poco pendenciero. Pero cada uno es artífice de su propio futuro y bien sé que el mundo es un lugar peligroso, no por causa de los que hacen el mal, sino por aquellos que miran para otro lado y no hacen nada por evitarlo. Prebostes, corregidores, prestamistas, mercachifles, bardos y demás jauría que andando su bolsa llena el que venga detrás que arree. Pero aquí no hay medias tintas y el que no está de un lado está del otro.

Aquella noche la pasaron entre unas rocas, uno a piernas sueltas, a duermevela el otro. Al alba ni los rayos de sol ni el canto de las aves, antaño muchas y muy dicharacheras, vinieron a despertarlos. Afligióseles el corazón por parecerle que no llevaban camino de remediar tales augurios y ni tan siquiera desayunarse quisieron. La otrora abundante naturaleza se había tornado en campos yermos, ni la brisa quiso acompañarlos aquella mañana.

Todo estaba teñido de aquel líquido negro que parecioles sangre del mismísimo diablo. ¿Qué despiadado señor había impuesto aquel castigo? No, meditó, esa no es la pregunta, bien sé que en la naturaleza nunca hay recompensas ni castigos sólo consecuencias.

En esto se pusieron en camino, cabalgando por senda angosta y difícil, primera hora de la mañana, el sol de soslayo. Al pronto el caballero detuvo su paso y a su escudero y díjole sin mirarlo: ves allí a lo lejos, amigo, allá se divisan treinta o poco más mal encarados gigantes con quien pienso hacer batalla, que es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

¿Qué gigantes? pensó el escudero y sabiendo que más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo díjole: mire vuestra merced, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento.

Bien se ve, respondió el caballero, que no estás presto en descubrir mentiras, aquellos son gigantes que poseen pies tan fuertemente enraizados y profundos que hieren la tierra y la horadan de tal modo que aquel veneno negro que al río venció, en ellos encuentra camino para escapar de las profundidades donde Dios lo confinó. Sus formas son sólo fachadas que a simples y poco instruidas almas confunde, ocultando, en tan noble apariencia, su siniestro quehacer y si tienes miedo aparta, que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Sepa señor, respondió el escudero, que pertenecen a poderoso señor y que este cuando mira la tierra, ve tierra no más.

Bien sé, querido compañero, que poderoso señor es don Dinero y que sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado y la última brisa exhale, se darán cuenta que no se puede comer dinero. Puede parecer que todo está perdido cuando lo malo sirve de ejemplo y lo bueno de mofa pero el bien que hagamos en la víspera nos traerá la felicidad a la mañana. Lo que digo es cierto y ahora lo verás, tan sólo una duda me aflige y desespera, ¿estaré solo en esta lucha traicionera? Y diciendo esto y sin esperar respuesta, dio de espuelas a su caballo.

Viole Sancho partir lanza en ristre y pensó: las cosas del hombre, más que otras, están sujetas a continua mudanza pero siempre habrá esperanza mientras existan Quijotes que planten árboles cuya sombra saben que nunca disfrutarán, reconfortados porque sueñan que, en recompensa, a sus nietos darán cobijo.